La educación sentimental

Seguimos con las emociones en la vida diaria.

También en la escuela juegan un papel primordial, ya que como otras habilidades, se aprenden y se desarrollan gracias a su uso.

La educación emocional no es algo especialmente potenciado en la escuela, ni tradicionalmente ni menos ahora, cuando lo que se busca es que la persona sea competitiva, excelente en su rendimiento, y que tenga buenas estrategias de desarrollo.

En la escuela Montessori, los niños identifican sus sentimientos con dibujos y etiquetas que recogen incluso los cambios a lo largo del día.

Entre las técnicas para evitar la ansiedad en clase, especialmente a la hora de matemáticas, es importante que el alumno identifique los sentimientos negativos y las respuestas fisiológicas al miedo, los neutralice e incluso los utilice para un rendimiento óptimo. Entre otras cosas, puede escribir sobre estas sensaciones incluso antes de tener el ejercicio ansiógeno delante, o leerlo en voz alta, describir uno a uno los pasos para resolverlo antes de ponerse a ello…

La educación sentimental es imprescindible. En palabras del recientemente desaparecido sabio José Luis Sampredro,

Es asombroso que la Humanidad todavía no sepa vivir en paz, que palabras como ‘competitividad’ sean las que mandan frente a palabras como ‘convivencia’.

Creo que este es un tema que puede dar para mucho, solo comencemos hoy con él, a ver si en el futuro nos lo volvemos a encontrar.

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La ilusión del fin de la historia

Un grupo de investigadores ha publicado en  Science un artículo en el que evidencian que la gente confía en sus (nuestros) gustos y preferencias más de lo que deberían (deberíamos), ya que cambian más de lo que creemos.

Incluyen una muestra de 19.000 personas entre 18 y 68 años de edad, y preguntas como “¿Cuánto pagarías hoy por un concierto del que era tu grupo preferido hace 10 años?” y “¿Cuánto pagarías dentro de 10 años por el que es tu grupo preferido en la actualidad?”. Todos los grupos de edad pagarían significativamente más en el segundo caso. Sorprendente, ¿no?

También describen que el grupo de 30 años de edad cree que en los próximos 10 años cambiará menos de lo que el grupo de 40 años de edad afirman haber cambiado en los últimos 10 años (me seguís?).

Por eso los autores dicen: “La gente, al parecer, percibe el presente como un momento cumbre en el que han conseguido llegar a ser la persona que serán durante el resto de sus vidas”, y esto tiene “consecuencias prácticas que llevan a la gente a pagar en exceso por oportunidades futuras, con tal de satisfacer sus preferencias actuales”, como ocurre en el caso de matrimonios, hipotecas, seguros…

Y yo me pregunto, ¿podemos aprender a vivir el presente y darle suficiente importancia? ¿Somos conscientes de las consecuencias de nuestras acciones? ¿Qué creéis?